Tortilla francesa

 


Para hacer una buena tortilla francesa —de esas que no acaban siendo un huevo revuelto con ínfulas o peor aún, una crepe tiesa— hay que seguir pocas reglas. Lo primero, un par de huevos: tan buenos como te los puedas permitir —sí, han subido de precio, pero siguen siendo un alimento accesible—, frescos. No hace falta batirlos hasta que cuente como cardio; lo suficiente para que la clara y la yema se fundan en un amarillo naranjoso uniforme, sin burbujas. Un puntito de sal y tu sartén de confianza, esa que no te hace sufrir.

El fuego importa: ni demasiado fuerte para que no quede reseca, ni tan bajo que la mezcla tarde una vida en cuajar. Una fina película de aceite —o mantequilla, que para eso es “a la francesa”, aunque posiblemente por aquí se llamara “de la Cartuja” a una preparación parecida— que permita que la tortilla se deslice sin nadar en grasa. Cuando los bordes empiecen a despegarse solos; la decisión final: plegarla en dos, sin más, o envolverla con un giro de muñeca y una espátula hasta que quede redondita y canónica (como en el vídeo de abajo).





Comentarios